David Copperfield
David Copperfield El corazón me brincó dentro del pecho ante aquella nueva esperanza de felicidad. Pero, al percibir el tono con que Steerforth hablaba de «esa clase de gente», la señorita Dartle, que no había dejado de observarnos, decidió intervenir.
–¿Pero son así? Díganme, ¿son realmente así? –exclamó.
–¿Que si son realmente cómo? ¿De quién estás hablando? –quiso saber Steeforth.
–De esa clase de gente. ¿Son realmente animales, criaturas zafias y groseras, seres de otra especie? Me gustaría tanto saberlo.
–Es cierto que se parecen muy poco a nosotros –contestó Steerforth, con indiferencia–. No podemos pretender que tengan nuestra sensibilidad. Es difícil ofenderlos o herir sus sentimientos. Yo diría que son sumamente virtuosos (al menos, eso afirman algunos, y yo no tengo la menor intención de contradecirlos), pero carecen de refinamiento y, afortunadamente para ellos, son tan poco vulnerables como su piel áspera y dura.