David Copperfield
David Copperfield –¿De veras? –dijo la señorita Dartle–. HacÃa mucho que no escuchaba nada que me alegrase tanto. ¡Me siento aliviada! Resulta tan tranquilizador saber que no son conscientes de su sufrimiento. Algunas veces me he sentido muy preocupada por esa clase de gente; a partir de ahora, los borraré de mi pensamiento. Vivir para aprender. He de confesar que tenÃa mis dudas, pero se han disipado por completo. Antes no lo sabÃa, ahora lo sé; eso demuestra la conveniencia de preguntar, ¿no creen?
Pensé que Steerforth habÃa querido bromear o provocar a la señorita Dartle, y esperaba que me lo dijera cuando ella se retiró y nos quedamos los dos solos, sentados junto al fuego; pero se limitó a preguntarme qué pensaba de ella.
–Es muy inteligente, ¿verdad? –inquirÃ.
–¿Inteligente? Tiene que sacarle punta a todo –señaló Steerforth–, incluso a sà misma. Y a fuerza de afilar su rostro y su figura, se ha consumido. No puede ser más punzante.
–¡Qué cicatriz tan extraña tiene en el labio! –exclamé.
El rostro de Steerforth se ensombreció.
–Has de saber que fue culpa mÃa –dijo, tras unos momentos de silencio.
–¡Seguro que fue un desgraciado accidente!