David Copperfield

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Cuando llegó la hora del té, no pude evitar mirar la cicatriz con doloroso interés. En seguida me di cuenta de que se hallaba en la parte más sensible de su cara. Siempre que la señorita Dartle palidecía, la cicatriz era la primera en cambiar de color; y se convertía en una raya cenicienta que se veía en toda su extensión, como un trazo de tinta invisible que acercáramos al fuego. Hubo un pequeño altercado entre Steerforth y ella mientras jugaban al backgammon; por un momento, la señorita Dartle pareció furiosa, y entonces vi aparecer aquella marca, como las antiguas palabras escritas en el muro.[34]

No me parecía nada extraño que la señora Steerforth adorara a su hijo.

Era incapaz de hablar o de pensar en otra cosa. Me enseñó una miniatura de cuando era niño, que conservaba en un medallón junto con un rizo de sus cabellos infantiles, así como un retrato de la época en que yo lo había conocido; y llevaba una imagen del joven Steerforth sobre el pecho. Guardaba todas sus cartas en un pequeño mueble, junto al sillón que solía ocupar frente a la chimenea; y me habría leído algunas de ellas, y yo le habría escuchado con placer, si no hubiera intervenido Steerforth, que no tardó en convencerla con sus carantoñas de que abandonara la idea.


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