David Copperfield

David Copperfield

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La señorita Dartle jugaba al backgammon con el mismo entusiasmo que ponía en todas las cosas. Si la hubiera visto por primera vez delante de un tablero, habría imaginado que su delgadez y el tamaño de sus ojos eran consecuencia de aquella pasión. Pero no creo equivocarme al decir que no se perdió ni una sola palabra de nuestra conversación, ni una sola expresión de mi rostro, mientras yo escuchaba –sumamente honrado y complacido– las confidencias de la señora Steerforth, creyéndome mucho mayor que cuando salí de Canterbury.

Cuando la velada tocaba a su fin y trajeron una bandeja con licoreras y vasos, Steerforth me prometió, junto al fuego, que pensaría seriamente en acompañarme al viaje. No teníamos ninguna prisa, aseguró; tal vez en una semana; y su madre, hospitalaria, dijo lo mismo. Durante nuestra conversación, Steerforth volvió a llamarme Daisy, lo que hizo intervenir de nuevo a la señorita Dartle:

–Pero, realmente, señor Copperfield –inquirió–, ¿se trata de un apodo? En ese caso, ¿por qué se lo puso? ¿Acaso porque… le considera joven e inocente? Soy tan necia para esas cosas.

Enrojecí mientras contestaba que así lo creía.

–¡Oh! –exclamó la señorita Dartle–. ¡Me alegro tanto de saberlo! Sólo pregunto para informarme. Le considera joven e inocente; por eso es su amigo. ¡Qué encantador!


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