David Copperfield
David Copperfield Nunca vi a un hombre más reservado que él, aunque esta particularidad, como todas las otras, aumentaba su respetabilidad. Incluso el hecho de que nadie conociera su nombre de pila parecía formar parte de su respetabilidad. Nada podía objetarse a su apellido, Littimer, como todos lo llamaban. Un Peter podía terminar en la horca o un Tom, deportado; pero Littimer era perfectamente respetable.
Supongo que era debido al carácter venerable de la respetabilidad en abstracto, pero yo me sentía especialmente imberbe en presencia de aquel hombre. En cuanto a su edad, era imposible de adivinar, lo que no hacía sino acrecentar la esencia de su personalidad; pues en la calma de su respetabilidad lo mismo podía tener cincuenta que treinta años.
A la mañana siguiente, antes de que yo me levantara, Littimer estaba ya en mi dormitorio con el agua de afeitar (lo que supuso una nueva humillación para mí) y empezaba a preparar mi ropa. Cuando descorrí las cortinas y lo miré desde la cama, el termómetro de su respetabilidad seguía invariable, sin que el viento del este del mes de enero pareciera afectarle ni helara siquiera su aliento. Colocaba mis botas a derecha e izquierda, en la primera posición de baile, y quitaba el polvo de mi chaqueta soplando suavemente, al tiempo que la extendía como si fuera un recién nacido.