David Copperfield

David Copperfield

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Le di los buenos días y le pregunté qué hora era. Sacó de su bolsillo el reloj de cazador más respetable que he visto jamás y, evitando con su pulgar que la tapa se abriera demasiado, consultó la esfera como si ésta fuese una ostra profética; después lo cerró y me respondió que, con mi permiso, eran las ocho y media.

–El señor Steerforth se alegrará de saber cómo ha dormido usted, señor.

–Muy bien, gracias –contesté–. ¿Qué tal se encuentra el señor Steerforth?

–El señor Steerforth está bastante bien, gracias.

Otra de sus características era no emplear jamás superlativos. Siempre un frío y tranquilo término medio.

–¿Hay algo más que pueda tener el honor de hacer por usted, señor? La campana sonará a las nueve; la familia desayuna a las nueve y media.

–Nada más, muchas gracias.

–Soy yo quien le da las gracias, si me lo permite, señor.

Y con estas palabras y una ligera inclinación de cabeza al pasar por delante de mi cama, como si quisiera disculparse por aquella puntualización, salió del dormitorio, cerrando la puerta con tanta suavidad como si yo acabara de sumirme en un sueño muy dulce del que dependiera mi vida.


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