David Copperfield
David Copperfield Todas las mañanas sostuvimos exactamente la misma conversación: ni una palabra menos, ni una palabra más; y sin embargo, por mucho que yo hubiera progresado la noche anterior y que hubiera madurado con la compañía de Steerforth, con las confidencias de la señora Steerforth o con las conversaciones de la señorita Dartle, siempre que me hallaba en presencia de aquel hombre tan respetable volvía a ser «de nuevo un niño», tal como cantan nuestros poetas menores.
Littimer trajo dos caballos, y Steerforth, que sabía de todo, me enseñó a montar. Nos proporcionó, asimismo, floretes, y Steerforth me dio lecciones de esgrima; guantes, y, con el mismo maestro, empecé a mejorar en el boxeo. No me preocupaba que Steerforth me encontrase un novato en esas ciencias, pero me resultaba insoportable mostrar mi falta de habilidad ante el respetable Littimer. No tenía ninguna razón para creer que él entendiese de aquellas artes; jamás hizo nada que me indujera a pensar nada semejante, si exceptuamos la vibración de una de sus respetables pestañas; y, sin embargo, siempre que estaba presente mientras practicábamos, yo me sentía el más joven e inexperto de los mortales.
Si describo con tanto detalle a este personaje es por la extraña impresión que causó entonces en mí, así como por lo que ocurrió más adelante.