David Copperfield
David Copperfield No intentaré describir mis sentimientos al regresar con tan buenos augurios a los lugares de mi infancia. Viajamos allà en diligencia. Recuerdo que la reputación de Yarmouth me tenÃa tan preocupado que cuando Steerforth me dijo, al atravesar sus oscuras callejuelas en dirección a la posada, que, por lo que podÃa ver, se trataba de un bonito y curioso agujero, alejado del mundo, me sentà sumamente complacido. Nos acostamos nada más llegar (vi unas polainas y un par de zapatos sucios al pasar por delante de la habitación de mi viejo amigo el «DelfÃn»), y desayunamos bastante tarde al dÃa siguiente. Steerforth, que se hallaba de un humor excelente, habÃa estado paseando por la playa antes de que yo me levantara, y habÃa conocido, según me explicó, a casi todos los pescadores del lugar. Además, habÃa divisado en la lejanÃa lo que estaba seguro que era la casa del señor Peggotty, con el humo saliendo por la chimenea; y me contó que habÃa estado a punto de entrar en ella y de jurarles que era yo, irreconocible por lo mucho que habÃa crecido.
–¿Cuándo tienes intención de presentarme, Daisy? –inquirió–. Estoy a tu disposición. OrganÃzalo como quieras.
–Pensaba que esta noche serÃa un buen momento, Steerforth; cuando estén todos alrededor del fuego. Me gustarÃa enseñarte la casa cuando resulta más acogedora, ¡es un lugar tan curioso!