David Copperfield
David Copperfield –Me parece muy bien –repuso Steerforth–. ¡Que sea esta noche!
–No les avisaré de nuestra llegada –expliqué, divertido–. Les daremos una sorpresa.
–¡Oh! ¡Por supuesto! –exclamó Steerforth–. De lo contrario, no tendrÃa gracia. Conozcamos a los aborÃgenes en su estado natural.
–Aunque sean esa clase de personas a las que te referiste –señalé.
–¡Ajá! De modo que recuerdas mis escaramuzas con Rosa, ¿no es asÃ? –afirmó, dirigiéndome una mirada muy significativa–. ¡Maldita muchacha! Casi me da miedo. Es como si ejerciera una influencia maléfica sobre mÃ. Pero será mejor que la olvidemos. ¿Qué vas a hacer ahora? Supongo que visitar a tu niñera, ¿no?
–Naturalmente –respondÖ. Lo primero de todo es visitar a Peggotty.
–De acuerdo –dijo Steerforth, mirando su reloj–. ¿Qué tal si te dejo libre dos horas para que llores con ella? ¿Será suficiente tiempo?
Le contesté riendo que creÃa que sà nos bastarÃa, pero que también él tenÃa que venir; pues su fama le habÃa precedido y en casa de Peggotty era un personaje casi tan importante como yo.