David Copperfield

David Copperfield

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–Iré donde quieras –repuso Steerforth–, y haré lo que me digas. Dame la dirección, y dentro de dos horas me presentaré allí en el estado de ánimo que prefieras, cómico o sentimental.

Le expliqué dónde residía el señor Barkis, carretero de Blunderstone y sus alrededores. Una vez hecho esto, me marché solo. El viento era frío y tonificante; el suelo estaba seco, y la mar, clara y rizada; el sol apenas calentaba, pero difundía por doquier su resplandor; y todo parecía nuevo y lleno de vida. Me sentía tan fresco y animado, por la alegría de encontrarme allí, que habría sido capaz de detener a los demás transeúntes para estrecharles la mano.

Las calles me parecieron angostas, como es natural. Creo que las calles que sólo hemos conocido de niños nos dan siempre esa impresión cuando, al cabo de los años, regresamos a ellas. Pero recordaba todos sus detalles y no encontré nada cambiado, hasta que llegué a la tienda del señor Omer. Ahora se leía «Omer y Joram» donde antes estaba escrito «Omer»; pero la inscripción «Pañería, Sastrería, Mercería, Pompas Fúnebres» seguía siendo la misma.



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