David Copperfield

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Mis pasos parecieron llevarme de forma tan natural hacia la puerta de la tienda, después de leer aquellas palabras desde la acera de enfrente, que crucé la calle y miré en su interior. En la trastienda, una mujer muy bonita bailaba con un bebé en los brazos, mientras otro pequeño se aferraba a su delantal. No tuve la menor dificultad en reconocer a Minnie y a sus hijos. La puerta acristalada de la sala no estaba abierta; pero en el taller, al otro lado del patio, se oía el viejo compás, como si jamás hubiera cesado.

–¿Está el señor Omer en casa? –pregunté, entrando–. De ser así, me gustaría hablar un momento con él.

–Sí está, señor –respondió Minnie–; su asma le impide salir a la calle con este tiempo. Avisa al abuelo, Joe.

El niño, que se aferraba a su delantal, lanzó un grito tan fuerte que él mismo se sintió intimidado, y ocultó el rostro entre las faldas de su madre, ante la admiración de ésta. Oí cómo se acercaba alguien entre jadeos y resoplidos, y no tardó en presentarse ante mí el señor Omer, más corto de resuello que antaño, aunque no mucho más envejecido.

–A su servicio, señor –dijo el señor Omer–. ¿En qué puedo ayudarle?


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