David Copperfield
David Copperfield –Puede estrecharme la mano, señor Omer, si le parece bien –dije, tendiéndole la mÃa–. En cierta ocasión fue usted muy bondadoso conmigo, y temo que no supe agradecérselo.
–¿De veras? –repuso el anciano–. Me alegro de oÃrlo, pero no recuerdo cuándo pudo ser. ¿Está seguro de que era yo?
–Completamente.
–Creo que mi memoria se ha vuelto tan corta como mi resuello –afirmó el señor Omer, mirándome y sacudiendo la cabeza–, pues no lo reconozco.
–¿Acaso no recuerda que vino a buscarme a la diligencia, que desayuné aquà y que después fuimos a Blunderstone juntos, usted, yo, la señora Joram y también el señor Joram, que entonces no era su marido?
–¡Bendito sea Dios! –exclamó el anciano, después de sufrir un ataque de tos a causa de la sorpresa–. ¡Será posible! Minnie, querida, ¿te acuerdas? ¡Claro que sÃ! Se trataba de una dama, ¿no es cierto?
–Era mi madre –contesté.
–En efecto –manifestó el señor Omer, tocando mi chaleco con su dedo Ãndice–; y habÃa también un niño pequeño… Eran dos personas. Las enterramos juntas. Y fue en Blunderstone, por supuesto. ¡Santo Cielo! ¿Y qué tal le ha ido desde entonces?