David Copperfield

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Como al hablar de Emily lo hacían en voz muy baja, tuve la certeza de que ésta se encontraba cerca. Se lo pregunté al señor Omer, que asintió con la cabeza y señaló en dirección a la puerta de la sala. Me apresuré a pedirle permiso para echar un vistazo y, cuando me lo concedió, miré por el cristal y la vi allí sentada trabajando. Me pareció la más hermosa de las criaturas, con aquellos ojos azules y serenos que habían llegado hasta el fondo de mi corazón infantil y que ahora volvía sonrientes hacia otro hijo de Minnie, que jugaba a su lado. La expresión decidida de su alegre rostro justificaba cuanto acababan de decirme, si bien aún quedaba en ella una buena parte de la timidez y de la coquetería de antaño. Pero no había nada en su belleza, estoy seguro, que no estuviera destinado a la bondad y a la felicidad, siguiendo un camino bueno y dichoso.

Durante todo ese tiempo, el viejo compás siguió sonando al otro lado del patio, como si no hubiera cesado nunca. ¡Ay! Para nuestra desdicha, se trataba de una melodía que jamás se interrumpe.

–¿No quiere entrar y hablar con ella? –inquirió el señor Omer–. ¡Vamos, señor! Considérese en su casa.


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