David Copperfield
David Copperfield Sin embargo, era demasiado tÃmido para hacerlo; no sólo tenÃa miedo de que ella se ruborizara, sino también de no poder disimular mi embarazo. Pero me informé de la hora a la que salÃa del taller, a fin de que estuviera presente en nuestra visita; y, despidiéndome del señor Omer, de su preciosa hija y de sus nietos, me dirigà a casa de mi vieja y querida Peggotty.
¡Allà estaba, en su cocina embaldosada, preparando el almuerzo! Llamé a la puerta y me abrió en seguida, preguntándome qué deseaba. La miré con una sonrisa, que ella no me devolvió. Yo no habÃa dejado de escribirle, pero debÃamos de llevar siete años sin vernos.
–¿Está el señor Barkis en casa? –pregunté, fingiendo cierta rudeza.
–En efecto, señor –respondió Peggotty–; pero su reumatismo le obliga a guardar cama.
–¿Sigue viajando a Blunderstone? –inquirÃ.
–Cuando su salud se lo permite –contestó.
–Y usted, señora Barkis, ¿va alguna vez all�
Me miró con más atención, y observé que se apresuraba a juntar las manos.
–Me gustarÃa preguntarle por una casa llamada… ¿Cuál era su nombre? Rookery –exclamé.
Dio un paso atrás y extendió las manos, con aire temeroso e indeciso, como si quisiera mantenerme alejado.
–¡Peggotty! –le grité.