David Copperfield
David Copperfield –¡Mi querido niño! –exclamó ella.
Y rompimos en llanto, el uno en brazos del otro.
No tengo corazón para relatar las extravagancias que cometió; se reÃa y lloraba a la vez; se sentÃa orgullosa, y muy feliz, aunque le apenaba profundamente que no pudiera estrecharme entre sus brazos aquella de quien yo habrÃa sido el orgullo y la alegrÃa. Ni se me pasó por la imaginación que pudiera resultar pueril responder a sus muestras de cariño. Me atrevo a decir que jamás habÃa reÃdo y llorado con más libertad que aquella mañana, ni siquiera delante de ella.
–¡Barkis se alegrará tanto de verlo! –afirmó Peggotty, enjugándose las lágrimas con el delantal–. Esta visita le sentará mucho mejor que todos sus linimentos. ¿Puedo ir a decirle que está aquÃ? ¿Quiere subir a verlo, tesoro mÃo?
Naturalmente que querÃa. Pero a Peggotty no le fue tan fácil salir de la habitación como ella pensaba, pues, cada vez que llegaba a la puerta y se volvÃa para mirarme, corrÃa hacia mà de nuevo para reÃr y llorar sobre mi hombro. Finalmente, a fin de facilitarle las cosas, subà las escaleras con ella; y, después de esperar fuera unos instantes, mientras ella le anunciaba mi visita, me presenté delante del enfermo.