David Copperfield
David Copperfield Me recibió con el mayor entusiasmo. Como estaba demasiado dolorido para estrecharme la mano, me pidió que sacudiera la borla de su gorro de dormir, lo que hice del modo más efusivo. Cuando me senté junto a su cama, dijo que le sentaba muy bien tener la sensación de que me conducía nuevamente a Blunderstone. Así acostado, con el rostro hacia arriba, tan tapado que daba la impresión de no ser más que una cara –como un querubín convencional–, parecía el objeto más extraño que he contemplado jamás.
–¿Cuál fue el nombre que escribí en el carromato, señor? –preguntó el señor Barkis, con una pobre sonrisa de reumático.
–¡Ah! Qué largas conversaciones tuvimos sobre ese asunto, ¿verdad, señor Barkis?
–Estuve disponible durante mucho tiempo, ¿no cree, señor?
–Así es, durante mucho tiempo –respondí.
–Y no lo lamento –dijo el señor Barkis–. ¿Se acuerda de aquella vez que me dijo que era ella la que hacía los pasteles de manzana y la que preparaba las comidas?
–Lo recuerdo muy bien –repuse.