David Copperfield
David Copperfield –Era tan cierto como que el sol sale por las mañanas –afirmó el señor Barkis, moviendo su gorro de dormir (lo único que podÃa hacer para dar mayor énfasis a sus palabras)–. Tan cierto como que existen los impuestos… Y ¿qué puede haber más real que los impuestos?
El señor Barkis volvió sus ojos hacia mÃ, como si necesitara mi beneplácito; naturalmente, se lo di.
–No hay nada más real que ellos –insistió el señor Barkis–; es algo que un hombre tan pobre como yo descubre cuando está enfermo. Porque soy un hombre muy pobre, señor.
–No sabe cuánto lo siento, señor Barkis.
–Un hombre muy pobre, eso es lo que soy –repitió él.
Sacó entonces, con mucha lentitud y esfuerzo, su brazo derecho de debajo las sábanas y, con mano insegura y vacilante, cogió un bastón que habÃa colgado a un lado de la cama. Después de buscar algo a tientas con él, mientras su rostro adoptaba las más variadas expresiones de angustia, el señor Barkis se topó con una caja, cuyo extremo yo no habÃa dejado de ver todo el tiempo. Sólo entonces pareció tranquilizarse.
–Ropa vieja –señaló el carretero.
–¡Ah! –contesté.
–¡Ojalá fuera dinero, señor Copperfield! –exclamó el señor Barkis.