David Copperfield
David Copperfield Obedeciendo sus deseos, salimos de la habitación. Peggotty me contó que su marido era ahora «un poquito más agarrado» de lo que era antes, que siempre recurría a la misma estratagema antes de sacar una moneda, y que sufría unos dolores terribles al arrastrarse fuera de la cama y sacar el dinero de aquella maldita caja. En efecto, no tardamos en oír unos gemidos ahogados sumamente lúgubres, pues aquel comportamiento de urraca era una especie de tortura para todas sus articulaciones; los ojos de Peggotty reflejaban una gran compasión por su marido, pero me dijo que aquel impulso de generosidad le sentaría muy bien, y que era mejor seguirle la corriente. De modo que el señor Barkis siguió gimiendo hasta que logró acostarse de nuevo, padeciendo sin duda un verdadero martirio; luego nos llamó, como si acabara de despertarse de un sueño reparador, y sacó una guinea de debajo de la almohada. La satisfacción de haber conseguido engañarnos con éxito, y de conservar el secreto impenetrable de su caja, parecieron compensar con creces todos sus tormentos.