David Copperfield
David Copperfield Avisé a Peggotty de la llegada de Steerforth, que no tardó en presentarse. Estoy convencido de que a ella le hubiera dado lo mismo que se tratara de un benefactor suyo o de un buen amigo mío; en los dos casos, lo habría recibido con la mayor gratitud y el mayor respeto. Pero el buen humor de mi amigo, sus modales educados, sus hermosas facciones, su don natural para adaptarse a quien quisiera agradar y para llegar al corazón ajeno, conquistaron a Peggotty en menos de cinco minutos. La actitud de Steerforth conmigo habría bastado para ganar el afecto de mi vieja y querida niñera; sin embargo, al sumarse tantas buenas razones, creo sinceramente que, antes de que se despidiera aquella noche, ella sentía ya una especie de adoración por él.
Se quedó a cenar con nosotros. Si dijera que lo hizo de buena gana, no reflejaría ni la mitad de su entusiasmo y disposición. Cuando entró en el cuarto del señor Barkis, fue como si entraran en él el aire y la luz, iluminándolo y refrescándolo todo como si llegara el buen tiempo. No hubo ruido, ni esfuerzo, ni arrogancia en nada de lo que hizo. Se comportó con una sencillez asombrosa, como si fuera incapaz de obrar de un modo diferente o mejor; fue tan cortés, tan natural y tan afable que, incluso hoy en día, me emociono al recordarlo.