David Copperfield

David Copperfield

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Pasamos un rato muy alegre en la pequeña sala, donde el Libro de los mártires, que nadie había vuelto a hojear desde mi marcha, continuaba encima del escritorio como en los viejos tiempos; lo abrí para mirar sus terribles ilustraciones, tratando de rememorar las sensaciones que habían despertado en mí, aunque sin poderlas experimentar de nuevo. Cuando Peggotty habló del cuarto que ella consideraba mío, asegurando que estaba preparado para recibirme y que esperaba que durmiese allí, Steerforth, antes de que yo le mirara con aire indeciso, se hizo dueño de la situación:

–Naturalmente –exclamó–. Durante nuestra estancia en Yarmouth, tú dormirás aquí y yo, en el hotel.

–Pero no me parece de buen compañero traerte tan lejos para luego abandonarte, Steerforth –afirmé.

–¡En nombre del Cielo! ¿Acaso no es tu lugar natural? ¿Qué importancia tiene lo que te «parece»?

Y el asunto quedó zanjado.



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