David Copperfield
David Copperfield Estuvo encantador hasta el último momento, es decir hasta que, a las ocho en punto, nos dirigimos a la gabarra del señor Peggotty. Su atractivo fue en aumento a medida que pasaban las horas, y ya entonces me percaté de algo de lo que estoy convencido ahora: en su afán por agradar, la conciencia de su éxito volvía aún más fina su percepción, sutil por naturaleza. Si alguien me hubiera dicho esa noche que todo aquello no era más que un brillante juego al que se abandonaba por la simple excitación del momento, para huir del aburrimiento y probar su superioridad, en un empeño estéril y vacío por conquistar algo que no tenía valor para él y abandonarlo un instante después… Si alguien me hubiera contado semejante mentira esa noche, ¡no sé de qué modo habría desahogado mi indignación!
Tal vez sólo se habrían acrecentado, de ser posible, los románticos sentimientos de lealtad y de amistad que albergaba en mi pecho mientras caminaba a su lado, por el frío y oscuro arenal, hacia la vieja gabarra; el viento susurraba incluso más lúgubremente que la noche en que, por primera vez, crucé el umbral del señor Peggotty.
–¡Qué lugar tan salvaje! ¿No te parece, Steerforth?