David Copperfield
David Copperfield Desde fuera habíamos oído un murmullo de voces y, en el instante de entrar, unos aplausos; me sorprendió comprobar que ese último sonido procedía de la casi siempre inconsolable señora Gummidge. Pero no sólo la anciana se mostraba más excitada de lo habitual. El señor Peggotty, radiante de felicidad y riéndose a carcajadas, esperaba con los brazos abiertos a que la pequeña Emily corriera a refugiarse en ellos; Ham, con una expresión en la que se mezclaba la admiración, la alegría y una especie de paralizante timidez que le sentaba muy bien, le daba la mano a Emily, como si estuviera presentando a la muchacha al señor Peggotty; y ella, con las mejillas encendidas por el rubor, pero dichosa de ver la satisfacción de su tío, como reflejaba su mirada risueña, a punto estaba de escapar de Ham para precipitarse en brazos del señor Peggotty, algo, sin embargo, que nuestra llegada le impidió (pues fue la primera en vernos). Y ése fue el espectáculo que apareció ante nuestros ojos en el momento en que pasamos de la noche oscura y fría a la estancia caldeada y llena de luz. La señora Gummidge, al fondo, aplaudía como una loca.
Cuando entramos en la barca, aquella pequeña escena se deshizo, y uno habría dudado de que hubiera existido jamás. Me encontraba en medio de la sorprendida familia, frente al señor Peggotty y tendiéndole la mano, cuando Ham gritó:
–¡El señorito Davy! ¡Es el señorito Davy!