David Copperfield
David Copperfield Un instante después, todos estábamos estrechándonos las manos, preguntándonos qué tal nos iba, diciéndonos lo contentos que estábamos de vernos, y hablando al unÃsono. El señor Peggotty estaba tan orgulloso y tan feliz de nuestra visita que no sabÃa qué decir ni qué hacer; me estrechaba la mano una y otra vez, y luego hacÃa lo mismo con Steerforth, despeinándose la hirsuta pelambrera que le cubrÃa la cabeza y soltando unas risotadas tan alegres y estrepitosas que daba gusto verlo.
–Que unos caballeros… unos caballeros hechos y derechos… hayan venido a mi casa precisamente esta noche, entre todas las noches de mi vida –exclamó el señor Peggotty–, es algo extraordinario. ¡Vaya si lo es! ¡Emily, tesoro, ven aquÃ! ¡Ven aquÃ, brujita mÃa! ¡Éste es el amigo del señorito Davy, pequeña! ¡Éste es el caballero de quien tanto has oÃdo hablar, Emily! Viene a verte, con el señorito Davy, en la noche más hermosa que tu tÃo ha visto o verá en su vida. ¡Hurra!

Llegamos inesperadamente al hogar del señor Peggotty