David Copperfield

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Después de pronunciar este discurso de un tirón, con enorme entusiasmo, cogió con sus manazas la cara de su sobrina, la besó una docena de veces, la apoyó con ternura y con orgullo en su ancho pecho, y la acarició con la misma dulzura que si su mano fuera la de una dama. Después la dejó marchar; y, mientras ella corría a su pequeña habitación, la misma que yo había ocupado de niño, él se volvió a mirarnos, sofocado y sin aliento de lo grande que era su alegría.

–Si estos dos caballeros… unos caballeros hechos y derechos, y ¡qué caballeros!… –empezó a decir.

–¡Eso es lo que son! –exclamó Ham–. ¡Bien dicho! ¡Eso es lo que son! Sí, señorito Davy, ¡dos caballeros hechos y derechos!

–Si estos dos caballeros, hechos y derechos –prosiguió el señor Peggotty–, no me disculpan por hallarme en este estado cuando se enteren de lo que ocurre, les pediré perdón. ¡Emily, tesoro! Ella sabe lo que voy a decirles, por eso se ha escondido… –señaló, soltando otra carcajada–. ¿Tendría la bondad de ir a ver qué hace, señora Gummidge?

La anciana asintió con la cabeza y desapareció.


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