David Copperfield
David Copperfield –Lo sé, señor –añadió el señor Peggotty–, y se lo agradezco de nuevo. El señorito Davy puede recordar lo que era Emily; usted puede juzgar por sà mismo lo que es; pero ninguno de los dos será capaz de comprender lo que la pequeña Emily ha sido y será para mi tierno corazón. Soy un hombre rudo, señor –continuó el señor Peggotty–, tan rudo y áspero como un erizo de mar; pero nadie, excepto quizá una mujer, puede saber lo que la pequeña Emily significa para mÃ. Y, entre nosotros –agregó, hablando todavÃa más bajo–, esa mujer no serÃa tampoco la señora Gummidge, aunque tiene un montón de cualidades.
El señor Peggotty volvió a alborotar sus cabellos con sus gruesos dedos, como si quisiera prepararse para lo que iba a decir, y prosiguió con una mano apoyada en cada rodilla:
–HabÃa cierta persona que conocÃa a nuestra Emily desde los tiempos en que su padre se ahogó; que la habÃa visto todos los dÃas: de chiquilla, de jovencita, de mujer. No es que sea muy buen mozo, que no lo es –exclamó el señor Peggotty–, se parece bastante a mÃ… un hombre rudo… como el viento del sudoeste… un verdadero lobo de mar… Pero, en conjunto, un muchacho muy honrado, con el corazón en su sitio.
Creo que jamás habÃa visto a Ham sonreÃr tan abiertamente como en aquellos momentos.