David Copperfield
David Copperfield –Y ¿qué hace ese bendito marinero sino entregar ese corazón suyo a nuestra pequeña Emily? –afirmó el señor Peggotty, en el cenit de su alegrÃa–. La sigue a todas partes, se convierte en una especie de criado para ella, llega incluso a perder el apetito, y, al final, decide contarme lo que le sucede. Yo deseaba que nuestra pequeña Emily encontrara ya un buen marido. En todo caso, querÃa verla comprometida con un hombre honrado que pudiera protegerla. Ignoro cuánto tiempo viviré, o si he de morir pronto; sólo sé que si una noche un golpe de viento volcara mi barca y viera por última vez las luces de Yarmouth, brillando por encima de unas olas a las que no pudiera remontar, me irÃa al fondo mucho más tranquilo si pudiera pensar: «Hay un hombre en tierra firme, que será siempre leal a mi pequeña Emily ¡Dios la bendiga! ¡Nada malo le ocurrirá a mi niña mientras él siga con vida!».
El señor Peggotty, llevado por la emoción, agitó su mano derecha como si dijera adiós a las luces de la ciudad; cuando su mirada se cruzó con la de Ham, los dos hicieron un gesto de asentimiento y nuestro anfitrión prosiguió: