David Copperfield
David Copperfield –Entonces le aconsejo que hable con Emily. Ya es todo un hombre, pero es más tÃmido que un chiquillo, y no le gusta mi idea. Asà que soy yo quien se lo cuenta a ella. «¿Qué? ¿Él?», exclama Emily. «¿Él, a quien conozco desde hace tantos años, y a quien tengo tanto cariño? ¡Oh, tÃo! Nunca podré casarme con él. ¡Es tan buen muchacho!» Le doy un beso y me limito a decirle: «Mi niña, haces bien en contestar asÃ, tienes que elegir tú misma, eres tan libre como un pajarillo». Luego vuelvo a hablar con él y le digo: «Me habrÃa gustado mucho, pero no es posible. Podéis seguir los dos como hasta ahora, y hazme caso, pórtate como un hombre, no dejes que cambie nada entre vosotros». Y él me responde, estrechando mi mano: «¡Asà lo haré!». Y, durante dos años, fue un hombre fuerte y leal, y siguió siendo en casa el mismo de siempre.
El rostro del señor Peggotty, que habÃa ido cambiando de expresión a medida que avanzaba su relato, recuperó toda su alegrÃa triunfal y, con una mano sobre mi rodilla y otra sobre la de Steerforth (se las habÃa humedecido antes para dar mayor énfasis a sus palabras), prosiguió su narración: