David Copperfield

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–De pronto, una noche, que bien podría ser ésta, llega la pequeña Emily de su trabajo y ¡él la acompaña! No hay nada raro en eso, me dirán. No, pues él cuida de ella como un hermano, cuando anochece, y antes de que anochezca, y a todas horas. Pero este rudo marinero le coge la mano y me anuncia muy contento: «¡Mire! ¡Aquí tiene a mi futura mujercita!». Y ella dice, entre atrevida y vergonzosa, medio riendo y medio llorando: «¡Sí, tío! Si le parece bien». ¡Que si me parece bien! –exclamó el señor Peggotty, moviendo la cabeza extasiado–. ¡Señor, como si pudiera parecerme otra cosa! «Si le parece bien, me he vuelto más sensata, y lo he pensado mejor; haré cuanto esté en mis manos por ser una buena mujercita para él, ¡es tan bueno y lo quiero tanto!» Entonces la señora Gummidge empieza a aplaudir como en el teatro y entran ustedes, caballeros. ¡Y eso es todo! ¡Se descubrió el pastel! –bromeó el señor Peggotty–. La escena acaba de ocurrir; y éste es el hombre que se casará con ella en cuanto acabe su aprendizaje de modista.

Ham se tambaleó, lo que no tuvo nada de sorprendente, bajo el manotazo que el señor Peggotty, llevado de su infinita alegría, le dio en señal de confianza y amistad; pero creyendo que había llegado su turno de hablar, nos dijo, titubeando y con mucha dificultad:


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