David Copperfield
David Copperfield La pequeña Emily apenas despegó los labios en toda la velada; pero miraba, escuchaba, su rostro se animaba, y no podía estar más encantadora. A raíz de su conversación con el señor Peggotty, Steerforth nos contó la historia de un terrible naufragio, igual que si lo estuviera viendo en esos instantes; la pequeña Emily lo contemplaba absorta, como si también ella tuviera aquella escena ante sus ojos. Para aliviar la tensión, Steerforth nos relató una cómica aventura que le había tocado vivir, y lo hizo con el mismo regocijo que si aquella anécdota fuera tan nueva para él como para nosotros. Y la pequeña Emily rió hasta que la barca empezó a vibrar con tan musical sonido, y, contagiados por su alegría y despreocupación, todos la imitamos, incluido Steerforth. Éste convenció al señor Peggotty de que cantara, o más bien bramara: «Cuando los vientos huracanados soplan, soplan, soplan»; y después entonó él mismo una canción de marineros, con tanto sentimiento y con una voz tan hermosa que tuve la sensación de que el viento, rondando lúgubremente alrededor de la casa y susurrando quedamente en medio de nuestro silencio, nos escuchaba.