David Copperfield
David Copperfield Steerforth logró sacar a la señora Gummidge de su abatimiento, algo que nadie había conseguido jamás (según me informó el señor Peggotty) desde la muerte de su marido. Le dejó tan poco tiempo para pensar en sus desgracias que, al día siguiente, la anciana decidió que la había embrujado.
Pero no monopolizó ni la atención general, ni la conversación. Estuvo callado y muy atento, mirándonos pensativo, cuando la pequeña Emily se armó de valor y me habló (todavía con timidez) desde el otro lado de la lumbre de nuestros viejos paseos por la playa en busca de conchas y guijarros, y yo le pregunté si se acordaba de cuánto la quería entonces, y los dos nos ruborizamos y rompimos a reír al evocar aquellos tiempos tan felices que ahora nos parecían irreales. Durante toda la velada, la pequeña Emily estuvo sentada en el pequeño cajón junto al fuego, y Ham a su lado, en el lugar que yo solía ocupar. No logré adivinar si no dejaba de arrimarse a la pared, alejada de él, para hacerle sufrir un poco o por pudor ante nuestra presencia; pero observé que siguió así durante toda nuestra visita.