David Copperfield
David Copperfield –Tal vez –contestó–; aunque esa observación sea demasiado sarcástica para alguien tan inocente como mi joven amigo. ¡De acuerdo! Reconozco que soy un ser caprichoso, David. Lo sé muy bien; pero también soy capaz de golpear con fuerza el hierro cuando está candente. Creo que podrÃa superar con éxito una dura prueba como piloto en estas aguas.
–El señor Peggotty asegura que eres una maravilla –señalé.
–Un verdadero fenómeno náutico, ¿no? –rió Steerforth.
–Está convencido, ya lo sabes; pones tanta pasión en todo lo que haces y aprendes con tanta facilidad… Lo que más me sorprende, Steerforth, es que te contentes con emplear tus facultades de un modo tan arbitrario.
–¿Que me contente? –replicó divertido–. Lo único que me satisface en esta vida es tu ingenuidad, mi querido Daisy. En cuanto a mi humor caprichoso, jamás aprendà el arte de atarme a una de esas ruedas en las que los Ixiones[36] de estos tiempos dan vueltas sin cesar. Hice un mal aprendizaje y ahora ha dejado de importarme. ¿Sabes que me he comprado un barco?
–¡Eres extraordinario, Steerforth! –exclamé deteniéndome, pues era la primera noticia que tenÃa–. ¡Tal vez ni siquiera vuelvas a aparecer por aquÃ!