David Copperfield
David Copperfield –No sé –repuso–. Me he encariñado con Yarmouth. En cualquier caso –añadió, obligándome a continuar la marcha–, he comprado un barco que estaba a la venta… un clÃper, según el señor Peggotty, lo que es bien cierto; y él será su patrón en mi ausencia.
–¡Ahora lo comprendo todo, Steerforth! –dije, encantado–. Finges haberlo comprado para ti, pero sólo lo has hecho en beneficio del señor Peggotty. TendrÃa que haberlo adivinado en seguida, conociéndote como te conozco. Mi querido y buen Steerforth, ¿cómo podrÃa expresar lo que pienso de tu generosidad?
–¡Chitón! –contestó, ruborizándose–. Cuanto menos hablemos de ello, mejor.
–¡Lo sabÃa muy bien! –exclamé–. ¿Acaso no te dije que ninguna de las alegrÃas, penas o emociones de estos honrados corazones te serÃa indiferente?
–SÃ, sà –respondió–, claro que me lo dijiste. Pero ¡basta ya! No hablemos más de eso.
Temiendo ofenderlo si insistÃa en un tema al que daba tan poca importancia, me limité a seguir dándole vueltas en mi cabeza mientras continuábamos nuestro camino a un paso incluso más rápido que antes.
–Hay que aparejar el clÃper nuevamente –explicó Steerforth–, asà que Littimer se quedará hasta que el trabajo termine. ¿Te habÃa dicho que Littimer está aquÃ?
–No.