David Copperfield
David Copperfield –Pues asà es. Ha llegado esta mañana con una carta de mi madre.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, observé que habÃa palidecido hasta el color de sus labios; pero ni siquiera pestañeó. Temà que alguna discrepancia con su madre fuera la causa del abatimiento en que le habÃa encontrado junto a la solitaria chimenea. Se lo di a entender.
–¡Oh, no! –exclamó, negándolo con la cabeza y dejando escapar una risita–. ¡Nada de eso! Pues sÃ, lo cierto es que ha venido ese criado mÃo.
–¿Y sigue como siempre? –inquirÃ.
–Exactamente igual –respondió Steerforth–. Tan frÃo y sereno como el Polo Norte. Se encargará de cambiar el nombre del barco. Ahora se llama El petrel de las tormentas; pero ¡qué le importan al señor Peggotty esas aves marinas! Lo bautizaremos de nuevo.
–¿Con qué nombre?
–La pequeña Emily.
Como no dejaba de mirarme, supuse que no deseaba recibir elogios por su idea. No pude evitar que mi rostro reflejara la satisfacción que sentÃa, pero apenas hice el menor comentario; no tardó en recobrar su sonrisa habitual y pareció aliviado.