David Copperfield
David Copperfield –¡Pero mira! –dijo, señalando delante de nosotros–. ¡Ahà llega la verdadera pequeña Emily! Y viene con ese joven… ¡Vive Dios que es un caballero fiel! ¡No la deja ni a sol ni a sombra!
Ham era, por aquel entonces, carpintero de ribera; habÃa cultivado su facilidad natural para dicho oficio hasta convertirse en un experto. A pesar de su ropa de faena y de su tosquedad, su aspecto varonil le convertÃa en un digno protector de la resplandeciente criaturita que lo acompañaba. A decir verdad, la franqueza y la honradez de su rostro, su no disimulado orgullo por la joven, asà como el amor que sentÃa por ella, realzaban su atractivo ante mis ojos. A medida que fueron acercándose a nosotros, pensé que, incluso en ese aspecto, formaban una buena pareja.
Cuando nos detuvimos para hablar con ellos, la pequeña Emily retiró tÃmidamente su mano del brazo de Ham y, enrojeciendo, nos la tendió a Steerforth y a mÃ. Después de intercambiar algunas palabras con nosotros, los dos jóvenes prosiguieron su camino; pero ella no volvió a coger el brazo de su prometido y continuó sola, todavÃa algo turbada y confusa. Fue una escena verdaderamente encantadora, y Steerforth pareció pensar lo mismo que yo, mientras veÃamos cómo desaparecÃan en la lontananza a la luz de la luna nueva.