David Copperfield
David Copperfield De pronto se cruzó con nosotros una mujer joven, cuya presencia no habÃamos advertido. Era evidente que seguÃa a la pareja y, cuando estuvo a nuestra altura, logré distinguir su rostro y tuve la vaga impresión de haberla visto antes. Llevaba ropa ligera, y habÃa en ella cierta audacia y desvergüenza, a pesar de su aspecto pobre y demacrado. Pero, en aquellos momentos, parecÃa haberlo abandonado todo al viento que soplaba y no tener más preocupación que seguir a Ham y a la pequeña Emily. Y su silueta desapareció tras la de los dos jóvenes, sin lograr reducir la distancia que les separaba; y entre nosotros, el mar y las nubes, sólo quedó visible aquella lÃnea oscura y lejana que parecÃa habérselos tragado.
–Es como una sombra negra que persigue a la muchacha –afirmó Steerforth, deteniéndose–. ¿Qué significado tendrá?
Lo dijo con voz queda, casi irreconocible para mÃ.
–Debe de tener la intención de pedirles limosna –exclamé.
–Una mendiga no serÃa nada nuevo –señaló Steerforth–, pero es extraño que haya adoptado esa forma precisamente esta noche.
–¿Por qué? –quise saber.