David Copperfield
David Copperfield –Por el simple motivo de que, cuando ella apareció, estaba pensando en una imagen similar –respondió, después de un momento de silencio–. Me gustarÃa saber de dónde diablos ha salido.
–Supongo que de la sombra de ese muro –dije, pues nos disponÃamos a coger un camino junto al que habÃan levantado un muro.
–¡Se ha esfumado! –añadió, mirando por encima de su hombro–. ¡Ojalá que todos los males desaparezcan con ella! Y ahora, ¡vamos a cenar!
Sin embargo, en más de una ocasión, volvió a mirar por encima del hombro hacia el horizonte, en el mar, que brillaba con luz trémula en la lontananza. Y, durante el corto trayecto que aún nos quedaba por recorrer, repitió con frases entrecortadas su extrañeza por lo ocurrido; y sólo pareció olvidarlo cuando estuvimos felizmente sentados en la mesa, al calor de la chimenea y a la luz de las velas.
Littimer se encontraba allÃ, y causó en mà el efecto de siempre. Cuando le dije que esperaba que la señora Steerforth y la señorita Dartle se encontraran bien, me contestó en tono respetuoso (y, por supuesto, respetable) que estaban bastante bien, gracias, y me enviaban sus saludos. Y eso fue todo, aunque tuve la impresión de que me decÃa claramente: «Es usted muy joven, señor; es usted demasiado joven».