David Copperfield
David Copperfield HabÃamos acabado casi de cenar, cuando Littimer, abandonando el rincón desde el que parecÃa espiarnos, o más bien espiarme a mÃ, se acercó a nuestra mesa y le dijo a Steerforth:
–Perdone, señor. La señorita Mowcher está en Yarmouth.
–¿Quién? –preguntó Steerforth, sorprendido.
–La señorita Mowcher, señor.
–¿Y qué demonios hace aqu� –exclamó mi amigo.
–Al parecer, señor, es natural de la región. Me ha contado que viene todos los años por cuestiones profesionales. Tropecé con ella en la calle esta tarde, señor, y querÃa saber si usted le harÃa el honor de recibirla después de la cena.
–¿Conoces a la giganta en cuestión, Daisy? –inquirió Steerforth.
Me vi obligado a confesar –avergonzado de reconocer mi inferioridad en presencia de Littimer– que la señorita Mowcher era una completa desconocida para mÃ.
–Entonces te la presentaré –exclamó Steerforth–, porque es una de las siete maravillas del mundo. Cuando llegue la señorita Mowcher, hazla pasar, Littimer.