David Copperfield

David Copperfield

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Miré hacia el umbral de la puerta, pero no vi nada. Seguí con la vista clavada allí, extrañado de su tardanza, cuando, para mi inmensa sorpresa, vi aparecer contoneándose por detrás del sofá que había entre la puerta y yo a una enana gorda y jadeante, de unos cuarenta o cuarenta y cinco años. Tenía una cabeza y un rostro enormes, unos ojos grises y maliciosos, y sus brazos eran tan cortos que, para poder ponerse pícaramente el dedo índice en su chata nariz, mientras miraba con coquetería a Steerforth, se vio obligada a bajar la cabeza para que la nariz tropezara con el dedo a mitad de camino. Su barbilla, o más bien su papada, era tan gruesa que parecía tragarse las cintas e incluso el lazo del sombrero. No tenía cuello, ni cintura, ni unas verdaderas piernas; pues, a pesar de que su tamaño era normal hasta donde debería encontrarse el talle, si es que lo tenía, y de que su cuerpo terminaba, como en casi todos los mortales, en un par de pies, era tan bajita que, cuando depositó el bolso que llevaba en una silla, ésta pareció tener para ella la altura de una mesa. Aquella dama, que vestía de un modo sencillo e informal, que experimentaba las dificultades que he descrito antes para unir a la nariz el dedo índice, y que llevaba la cabeza siempre ladeada y uno de sus maliciosos ojos cerrado, lo que le daba una expresión increíblemente astuta, después de comerse con los ojos a Steerforth durante unos instantes, dejó escapar un torrente de palabras.


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