David Copperfield
David Copperfield –¡Cómo! ¡Mi flor! –empezó a bromear, moviendo su voluminosa cabeza en dirección a Steerforth–. ¡De modo que está usted aquÃ! ¡Qué niño tan malo! ¿Qué hace tan lejos de casa? Seguro que nada bueno. Es usted un tunante, Steerforth. Al igual que yo, ¿no es cierto? ¡Ja, ja, ja! HabrÃa usted apostado cien libras contra cinco a que no me encontraba aquÃ, ¿verdad? Pero yo estoy en todas partes al mismo tiempo. Aquà y allÃ, al igual que la media corona del prestidigitador que aparece en el pañuelo de la dama. Hablando de pañuelos y de damas, ¡qué consuelo es usted para su santa madre, querido muchacho! Creo que podrÃa poner la mano en el fuego.
Y, en esta fase de su parlamento, la señorita Mowcher desató el nudo de su sombrero, se echó las cintas hacia atrás y tomó asiento, jadeando, en un taburete junto al fuego; la mesa del comedor pareció convertirse, asÃ, en una especie de techo de caoba sobre su cabeza.
–¡Por todos los santos del Cielo! –prosiguió, golpeando sus diminutas rodillas con una mano y mirándome con malicia–. Lo que pasa es que estoy demasiado gorda, Steerforth. Después de subir un tramo de escalera, me cuesta tanto extraer aire de los pulmones como si tuviera que sacar un cubo de agua. Si usted me viera asomada a la ventana de un piso alto, ¿acaso no me tomarÃa por una mujer hermosa?