David Copperfield
David Copperfield –Siempre lo harÃa, dondequiera que la viese –repuso Steerforth.
–Vamos, vamos… ¡no sea tan marrullero! –exclamó la pequeña criatura, amenazándole con el pañuelo con que se estaba enjugando el rostro–. ¡Y no sea descarado! Pero le doy mi palabra de honor de que la semana pasada fui a casa de lady Mithers… ¡ésa sà que es toda una mujer! ¡Qué bien se conserva! Y, mientras la esperaba, entró en la habitación el mismÃsimo lord Mithers… ¡ése sà que es todo un hombre! ¡Qué bien se conserva! Y su peluca también, porque la tiene desde hace diez años. Lo cierto es que empezó a dirigirme tantos cumplidos que creà que me verÃa obligada a tocar la campanilla. ¡Ja, ja, ja! Es un granuja simpático, pero carece de principios.
–¿Y qué querÃa de usted lady Mithers? –preguntó Steerforth.
–Eso no es de su incumbencia, querido muchacho –replicó ella, tocándose de nuevo la nariz, haciendo una mueca y guiñando los ojos como si fuera un duende de inteligencia sobrenatural–. ¡No se preocupe! Le gustarÃa saber si impido que se le caiga el pelo, o se lo tiño, o retoco su cutis, o arreglo sus cejas, ¿no es asÃ? Pues lo sabrá, querido mÃo… ¡cuando yo se lo cuente! ¿Sabe usted cómo se llamaba mi bisabuelo?
–No –contestó Steerforth.