David Copperfield
David Copperfield Me sentí muy conmovido por la bondad de mi anfitrión, y oí acostarse a las mujeres en un pequeño camarote como el mío, en el otro extremo del barco, y al señor Peggotty y a Ham, que colgaron dos hamacas de los ganchos que había visto en las vigas del techo; el cansancio parecía acrecentar mi felicidad. Y mientras el sueño se iba apoderando de mí, percibí el ulular del viento en alta mar; y avanzaba con tanta furia sobre el arenal que sentí el vago temor de que las profundidades marinas se desbordaran en medio de la noche. Pero pensé que estaba en un barco, después de todo, y que, si ocurría algo, teníamos a un hombre como el señor Peggotty a bordo.
No pasó nada, sin embargo, hasta que llegó el amanecer. En cuanto la luz del sol se reflejó en el marco de conchas de mi espejo, salté de la cama y salí con la pequeña Emily a recoger guijarros por la playa.
–Eres buena marinera, ¿verdad? –pregunté a la niña.
No creo que pensara semejante cosa, pero mi galantería me empujó a hablar; y la blancura deslumbrante de una vela que pasaba en aquel momento cerca de nosotros se reflejaba de un modo tan hermoso en sus ojos claros, que me vinieron esas palabras a la cabeza.
–No –se apresuró a responder ella–. Tengo demasiado miedo al mar.