David Copperfield
David Copperfield –¿Miedo? –protesté con la audacia que el momento requerÃa, mientras miraba desafiante el inmenso océano–. Pues a mà no me asusta.
–¡Es tan terrible! –exclamó Emily–. He visto lo cruel que era con algunos de nuestros hombres. He visto cómo destrozaba un barco tan grande como nuestra casa.
–Espero que no fuese el barco en el que…
–¿En el que se ahogó mi padre? –dijo la niña–. No, ése no. Jamás vi ese barco.
–¿Y tampoco a él? –inquirÃ.
La pequeña Emily negó con la cabeza.
–Que yo recuerde, no.
¡Aquello sà que era coincidencia! Me apresuré a explicarle que yo nunca habÃa conocido a mi padre; que mi madre y yo habÃamos vivido solos y seguirÃamos haciéndolo eternamente, sin que fuera posible imaginar mayor felicidad; que la tumba de mi padre estaba en el cementerio que habÃa junto a nuestra casa, a la sombra de un árbol, bajo cuyas ramas yo acostumbraba a pasear por las mañanas –si el tiempo era bueno– mientras oÃa los trinos de los pájaros. Pero, al parecer, habÃa algunas diferencias entre la orfandad de Emily y la mÃa. Ella habÃa perdido a su madre antes que a su padre; y lo único que se sabÃa de la tumba de este último era que estaba en el fondo del mar.