David Copperfield

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–Además –añadió la niña, mientras buscaba conchas y guijarros–, su padre era un caballero y su madre es una dama; y mi padre era pescador, mi madre hija de pescador, y es pescador también mi tío Dan.

–Dan es el señor Peggotty, ¿no es así? –pregunté.

–El tío Dan… aquel de allí –respondió Emily, señalando con la cabeza la casa-barco.

–Sí, me refiero a él. Debe ser un hombre muy bueno, ¿verdad?

–¿Bueno? –repitió la pequeña Emily–. Si algún día fuera una dama, le regalaría una chaqueta de color azul celeste con botones de diamantes, unos pantalones de nanquín, un chaleco de terciopelo rojo, un sombrero de tres picos, un enorme reloj de oro, una pipa de plata y un cofre lleno de monedas.

Le dije que estaba seguro de que el señor Peggotty merecía aquellos tesoros, a pesar de que me costaba imaginarlo cómodo con la indumentaria que su agradecida sobrina proponía, y de que tenía serias dudas de que el sombrero de tres picos fuera a sentarle bien; pero preferí guardar esos pensamientos para mí. La pequeña Emily se había detenido, y miraba el cielo mientras enumeraba aquellas prendas, como si se tratara de una visión celestial. Continuamos entonces la búsqueda de conchas y guijarros.

–¿Te gustaría ser una dama? –quise saber.


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