David Copperfield
David Copperfield Emily me miró, se echó a reÃr y me contestó que sÃ.
–Me encantarÃa. Asà todos serÃamos gente de buena familia. Yo, mi tÃo, Ham y la señora Gummidge. Y no nos inquietarÃa que llegara el mal tiempo… No por nosotros, claro está, sino por los pobres pescadores, a los que ayudarÃamos con dinero cuando les ocurriera alguna desgracia.
Su descripción me agradó sobremanera, además de parecerme bastante probable. Expresé mi satisfacción, y la pequeña Emily se atrevió a decir, tÃmidamente:
–Y ahora, ¿no cree usted tener miedo del mar?
Me tranquilizó comprobar que éste se hallaba en calma, pues no hay duda de que, si hubiera visto romper cerca de mà una ola medianamente grande, habrÃa salido corriendo como alma que lleva el diablo ante el pavoroso recuerdo de sus parientes ahogados. Sin embargo, le contesté que no y añadÃ:
–Tampoco tú pareces temerlo, aunque digas lo contrario.
Pues lo cierto es que caminaba demasiado cerca del borde de una especie de viejo muelle o malecón de madera, y yo tenÃa miedo de que se cayera al mar.