David Copperfield
David Copperfield –¡Pues ahora lo hará! Ya me parecÃa que era eso lo que querÃa… –dijo la señorita Mowcher, mientras se acercaba a mà riendo y contoneándose, con el bolso en la mano–. ¡Su rostro es como un melocotón! –prosiguió, poniéndose de puntillas para pellizcarme la mejilla–. ¡Muy tentador! ¡Me encantan los melocotones! Me alegro mucho de conocerlo, señor Copperfield.
Le respondà que era yo quien se sentÃa honrado y que la satisfacción era mutua.
–¡Dios mÃo! ¡Qué educados somos! –exclamó la señorita Mowcher, haciendo el cómico ademán de esconder su enorme rostro tras su minúscula mano–. ¡Cuántas pamplinas!
Nos dirigió estas palabras a los dos, en tono confidencial, al tiempo que retiraba la mano de su cara y la hacÃa desaparecer de nuevo en el interior del bolso.
–¿Qué quiere usted decir, señorita Mowcher? –inquirió Steerforth.
–¡Ja, ja, ja! ¡Menudo hatajo de farsantes estamos hechos! ¿No es cierto, querido muchacho? –dijo aquella menudencia, buscando algo en el bolso con la cabeza ladeada y el ojo hacia arriba–. ¡Miren! –exclamó, sacándolo–. ¡Recortes de las uñas del prÃncipe ruso! Yo le llamo el prÃncipe del Alfabeto Embrollado, pues su nombre tiene todas las letras, aunque desordenadas.