David Copperfield
David Copperfield –El prÃncipe ruso es cliente suyo, ¿no? –preguntó Steerforth.
–En efecto, querido –replicó la señorita Mowcher–. Le arreglo las uñas ¡de las manos y de los pies! ¡Dos veces a la semana!
–Espero que le pague bien –señaló Steerforth.
–Me paga del mismo modo que habla… con la nariz –contestó la señorita Mowcher–. El prÃncipe no es uno de sus afeitados amigos. Si viera sus bigotes… Pelirrojos por naturaleza, negros gracias al arte.
–Al arte de usted, por supuesto –afirmó Steerforth.
La señorita Mowcher asintió con un guiño.
–Se vio obligado a pedir mi ayuda. No tuvo más remedio. Nuestro clima no era bueno para su tinte; en Rusia no tenÃa problemas con él, pero aquÃ… No creo que jamás haya visto usted un prÃncipe con ese color de pelo. ¡Como un hierro viejo!
–¿Por eso acaba de llamarle farsante? –quiso saber Steerforth.