David Copperfield
David Copperfield –Se cree usted muy listo, ¿verdad? –respondió la señorita Mowcher, moviendo violentamente la cabeza–. Lo que he dicho es que todos éramos un hatajo de farsantes, y para demostrarlo les he enseñado las uñas del prÃncipe. Entre las familias distinguidas, éstas me resultan de más utilidad que todas mis habilidades juntas. Siempre las llevo conmigo. Son mi mejor carta de presentación. Si la señorita Mowcher corta las uñas del prÃncipe, seguro que lo hace muy bien. Se las regalo a las jovencitas, y supongo que ellas las colocan en su álbum. ¡Ja, ja, ja! ¡Válgame Dios! «El conjunto del sistema social» (como dicen los parlamentarios en sus discursos) ¡es un sistema de uñas de prÃncipe! –exclamó aquella minúscula mujer, intentando cruzar sus cortos brazos y moviendo su enorme cabeza.
Steerforth se rió a carcajadas y yo también. La señorita Mowcher siguió moviendo la cabeza, siempre muy ladeada, al tiempo que miraba hacia arriba con un ojo y guiñaba el otro.
–¡Está bien! ¡Está bien! –exclamó, golpeando sus pequeñas rodillas y poniéndose en pie–. Pero esto no tiene nada que ver con el negocio. Vamos, Steerforth; exploremos las regiones polares y terminemos de una vez.