David Copperfield

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Escogió dos o tres de sus pequeños utensilios y un frasquito, y entonces preguntó, con gran sorpresa mía, si la mesa aguantaría. Cuando Steerforth le contestó afirmativamente, empujó una silla contra ella y, pidiéndome que le ayudara con mi mano, se subió encima con bastante agilidad, como si fuera un escenario.

–Si alguno de ustedes me ha visto los tobillos –afirmó, una vez encaramada–, que lo diga. Me marcharé a casa a quitarme la vida.

–Yo no –aseguró Steerforth.

–Ni yo tampoco –añadí.

–En ese caso –exclamó ella–, me dignaré seguir viviendo. Y ahora, patito, patito, ¡venga para que la señora Bond[38] le corte el cuello!

Era una invitación a Steerforth para que se pusiera en sus manos; él, en consecuencia, se sentó de espaldas a la mesa y, con el rostro vuelto hacia mí, dejó sonriente que le inspeccionara la cabeza, evidentemente con el único objeto de divertirnos. Era un espectáculo asombroso ver a la señorita Mowcher, inclinada sobre él, examinando su abundante cabellera negra con una gigantesca lupa que había sacado del bolsillo.


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