David Copperfield
David Copperfield –Tiene usted suerte –dijo la señorita Mowcher, después de un breve examen–. De no ser por mÃ, estarÃa tan calvo como un monje tonsurado en menos de doce meses. Sólo medio minuto más, joven amigo, y le daré unas friegas que conservarán sus rizos durante los próximos diez años.
Y, diciendo estas palabras, vertió parte del contenido del frasquito en uno de los pequeños trozos de franela y humedeció uno de los cepillitos en tan saludable preparación. Empezó entonces a frotar y a rascar con ambos la coronilla de Steerforth, con una energÃa extraordinaria, mientras hablaba sin cesar.
–Charley Pyegrave, el hijo del duque… ¿Conoce usted a Charley? –preguntó a Steerforth, echándose hacia adelante para mirar su rostro.
–Un poco –respondió éste.
–¡Menudo hombre! ¡Y qué bigote! En cuanto a sus piernas, si sólo fueran dos (que no es el caso), nadie podrÃa competir con él. ¿Puede creer que quiso prescindir de mis servicios? Y, además, en la Guardia de Corps…
–¡Está loco! –afirmó Steerforth.
–Eso parece. Sin embargo, loco o cuerdo, lo intentó –señaló la señorita Mowcher–. Tuvo la idea de entrar en una perfumerÃa y pedir una botella de aceite de Madagascar.[39]
–¿Charley? –preguntó mi amigo.