David Copperfield

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–Sí, Charley. Pero en la perfumería no tenían ese aceite.

–¿Para qué sirve? ¿Para beber? –inquirió Steerforth.

–¿Para beber? –repuso la señorita Mowcher, haciendo un alto para darle una palmadita en la mejilla–. ¡Para aplicárselo en el bigote! Había una mujer de edad avanzada en la tienda, una verdadera arpía, que nunca había oído aquel nombre. «Perdone, caballero –le preguntó–, ¿se refiere usted a… un colorete?» «¿A un colorete? –exclamó Charley–. Y ¿para qué cosa imposible de mencionar ante una persona decente iba a querer yo un colorete?» «No se ofenda, señor –contestó la arpía–, nos lo piden bajo tantos nombres diferentes que pensé que podría ser eso». He aquí, querido muchacho –prosiguió la señorita Mowcher, sin dejar de frotarle con vigor–, otro ejemplo de esa hipocresía de la que hablaba antes. También yo soy una farsante… quizá más, quizá no tanto; llamémoslo mejor falta de escrúpulos, pero ¿qué más da, jovencito?

–¿Por qué dice eso? ¿Por el colorete? –inquirió Steerforth.

Conozco a la señorita Mowcher


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